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Cada piedra de la ciudad dormía mientras nosotros caminábamos sin rumbo, perdidos entre todas las calles iguales. Tú eras quien tomaba las fotos y yo te seguía ciega, te ignoraba mientras trataba de transcribir en mi libreta todas las palabras que he escuchado. Tú me fotografiabas sentada en las bancas, disimulando el frío, escondiéndome tras el papel. Me preguntabas si no prefería estar ahí, entonces, con él y con esa noche sin lluvia.Si ahora camino de nuevo en una ciudad dormida, en calles oscuras, a tientas, me preguntó si no debí también trascribir sus palabras.
A veces tengo ganas de entenderte, de visitar contigo todas las tumbas que sean necesarias, de volver a los días de mantas viejas y desayunos morados. Pero la mayor parte del tiempo no quiero.
Sentir que te despiertas, por primera vez, y que realmente nunca has estado en ninguna parte. Y sentir que tus fantasmas siguen rondando la casa, como cuando eras pequeña y soñabas que la abuela seguía viva.
Mi abuelo tenía una rana imaginaria. Se llamaba Lulú. A veces le croaba imaginariamente por las noches desde la fuente quieta del patio interior, junto a los peces, junto a los lotos que jamás volverían a florecer dorados.
Las citas que uno no recuerda exactamente no suelen volver. Javier Marías dice, en "Corazón tan blanco", que tendemos a traicionar a todos en la intimidad para crear lazos con el otro, con el oyente único. La paradójica confianza de la traición.
Te gustan todos los personajes que llevan la vida a cuestas. O dentro. La máscara que premia con oro al más grande impostor: todos renunciamos al nombre. Pero tú eres pequeña, dentro de un consultorio médico, con toda tu antropología inútil y todo tu psicoanálisis inútil y toda tu literatura inútil.
¿Qué me preguntas a mí? Tú eres la que cree que viene el fin del mundo.
Lo único que te falta es sentir que hormigas comienzan a recorrer tu cuerpo o cubrirte de tópicos esquizoides y concluir tu papel. Pero es el insoportable olor de las guayabas el que te está volviendo loca, aunque nadie más parezca percibirlo.
Perdimos la estabilidad, no sabemos de qué lado vamos a quedar parados. Se agotó lo natural, mentimos una vez más, no cantamos la verdad en nuestra vida real. Siempre fuimos decadentes, tuvimos la libertad apretada entre los dientes. Alguien cantó no va más. Con los párpados pegados por un sueño postergado nos cansamos de luchar. Demasiada camiseta y cada vez menos gambeta. La sonrisa cuesta más. De qué país estoy hablando. Las neuronas van marchando, mucho traje de fajina y con el precio que tiene éste lugar me conviene. Gente fina, delicuente, algunos ya diputados, y brindo por nosotros, los tarados que les pagamos. Antes pelo, ahora gente. Antes lucha, ahora circo. Antes pan, ahora clonazepán. [Calamaro de mi corazón]
Con todo este asunto del bicentenario ya no sabemos dónde estamos. Un montón de huesos recorren las calles como carnaval mórbido y ni siquiera sabemos de quién son.